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domingo, 19 de mayo de 2013

Club Cheetah de Nueva York !!!



A Olivier Coquelin le decían El Francés. Había llegado a Nueva York a finales de los 50 derrochando dinero en fiestas fashion y ufanándose de ser capaz de revolucionar el ambiente nocturno de la ciudad. Su familia se había hecho rica gracias a las administraciones de hoteles de lujo en Paris, Niza y Saint Tropez, y él aspiraba a hacer lo mismo con un concepto extraño para aquel entonces: la discoteca. Según Coquelin, en el mundo de hoy ya no era imprescindible tener una orquesta en un salón de baile. Bastaba con tener buenos discos y alguien que los supiera poner. Y esa idea cobró forma en Le Club, un salón de baile con estilo parisino ubicado en la calle 55 y que se convirtió en un estándar del jet set y de la comunidad gay gracias a la música que colocaba su primer dj, Barry Lederer.

Entusiasmado con el éxito de Le Club, Coquelin buscó un socio para crear otro club, pero con ambientes separados y exclusivos. Este socio sería Borden Stevenson, cuya virtud era ser el hijo de Adlai Stevenson, un carismático senador demócrata recientemente fallecido. Coquelin puso su ingenio y Stevenson sus contactos, y así crearon el Cheetah en Broadway a la altura de la calle 53, donde antes había funcionado el club de jazz Arcadia. La inauguración fue el 27 de abril de 1966 con el grupo Velvet Undeground como animador y con Andy Warhol y Joan Crawford como invitados de honor.ch

El Cheetah no era un sitio normal. Tenía tres plantas: en la de arriba había una sala de cine, en la de abajo había una librería y una tienda de discos, y en la planta-calle estaban ubicadas una galería de arte moderno, una boutique y la discoteca; todo abierto hasta las cuatro de la mañana. Era chic, pero el sello distintivo eran sus camareras de vestido leopardo que transportaban carritos con bebidas y hot dogs de mesa en mesa.

Pero he ahí que la novedosa idea acabó en fracaso. La alta sociedad neoyorquina se sintió incómoda en un sitio al que cualquiera podía acceder por cuatro dólares, y el público dejó de ir porque ya no había nadie famoso a quien ver. Pasada la moda, sólo los más jóvenes siguieron yendo y eso acabaría por trastocar la política de precios, la política de licores y la restricción de la entrada. El Cheetah, sin pretenderlo, fue la primera discoteca con matinés bailables para menores de edad y sin venta de alcohol. Al poco tiempo Coquelin vendió el local y allí se instaló una pista de patinaje.

El Francés, sin embargo, estaba lejos de desistir. El club le había dejado buenos dividendos, tantos que se compró un Rolls Royce plateado, fundó una corporación, abrió un Cheetah en Chicago y otro en Los Ángeles, y empezó a vender franquicias. Para cambiar el de la 53, consiguió un nuevo local a cien metros de este, en el número 310 de la calle 52 entre Broadway y Octava Avenida. Le puso el mismo nombre, por supuesto, y desistió del arte, de la moda y de los carritos con bebidas.

Ese segundo Cheetah contaba con dos espacios de baile: una pequeña pista en planta superior, y la gran pista central con capacidad para 1.200 personas y una tarima para una orquesta de 20 músicos. Como decoración, paneles de aluminio que hacían un efecto rebote con las luces centrales; y como nota llamativa una barra de bar que estaba siempre cerrada. Las bebidas se suministraban en un cubículo aparte. Así se inauguró en octubre de 1968, pero para entones un hecho habría de cambiar todo lo que Coquelin conocía hasta entonces.

Ralph Mercado, un neoyorquino de ascendencia dominicana que regentaba un club de boogaloo y latin soul en la Avenida Atlantic de Brooklyn, el 3&1, apareció en la oficina de los dos empresarios discotequeros. Mercado ya era famoso en el ambiente latino por una canción que le había dedicado a su club La Magnífica de Pete Rodríguez, y por unas célebres fiestas donde actuaban Richie Ray, Eddie Palmieri y la plana mayor de un sello discográfico conocido como Fania Records.




La idea de Mercado era trasladar ese efervescente ambiente latino a Broadway y aprovechar el tirón de las discotecas. Para ello propuso los jueves como la noche latina, con un consumo mínimo, y los martes como la noche de las mujeres. El empresario ya había tenido una idea similar en el 3&1, cobrándole menos a las mujeres delgadas, para lo cual él mismo se encargaba de tomarle la medida del talle a la entrada. Una idea muy criticada, por cierto. Coquelin y Stevenson aceptaron, y el Cheetah empezó a atraer a los jóvenes latinos que se sentían con un poco más de estatus al ir al bailar al corazón de Manhattan.

Así iban las cosas, cuando Mercado se encontró por casualidad con Jerry Masucci, dueño de Fania Records, y le contó lo que estaba haciendo. Era el verano de 1971 y los negocios iban como la seda para ambos, de modo que las ideas fluyeron sin prisas: hagamos una fiesta juntos, yo pongo el salón, tu pones la orquesta, ¿qué orquesta?, ¿porqué no una descarga como en los viejos tiempos?, claro, con las estrellas de Fania. Perfecto, ¿cuándo?, lo más pronto posible.





Era la mañana del martes 24 de agosto cuando Masucci llamó a su socio Johnny Pacheco y le dijo: Raphy Mercado está de promotor en un salón, el Cheetah, aquí a la vuelta (las oficinas de Fania quedaban en la Octava Avenida entre 52 y 53), y quiere hacer un concierto. Pacheco le respondió: Bueno ¿y cuándo lo vamos hacer? Y dijo Masucci: el jueves. ¿Este jueves? Si, este jueves. ¿Pero quiénes vamos a tocar y qué música vamos hacer?, y Masucci, impasible: Yo se que tu podrás hacer algo, Johnny.

Conciente de que su única alternativa para hacer una descarga de la Fania All Stars era con viejos conocidos, Pacheco llamó a Bobby Valentín y ambos se fueron a la cafetería del Hotel Howard Johnson, que quedaba diagonal de las oficinas de Fania, y empezaron a escribir un repertorio, mientras pensaban en los músicos que podrían estar libres ese jueves por la noche. De las canciones surgieron dos: Quítate Tú y Macho Cimarrón. Al cabo de un rato se les unió Roberto Roena y les propuso Ponte Duro.

El miércoles 25 se citó a la gente. Algunos estaban en Nueva York de casualidad y otros vivían allí. Se les dio la idea y decidieron ensayarlo todo al día siguiente durante la prueba de sonido. Estarían: Johnny Pacheco como director, Larry Harlow, piano; Ray Barretto, congas; Roberto Roena, bongoes; Orestes Vilató, timbales; Bobby Valentín, bajo; Yomo Toro, cuatro; Roberto Rodríguez, Larry Spencer y Héctor Zarzuela, trompetas; Willie Colón, Reinaldo Jorge y Barry Rogers, trombones. Los cantantes fueron Santos Colón, Cheo Feliciano, Pete El Conde Rodríguez, Adalberto Santiago, Héctor Lavoe e Ismael Miranda. Hubo una invitación adicional para Richie Ray y Bobby Cruz, dos músicos que, seguro, iban a ser muy bien recibidos por el público.

Y el público llegó. De hecho, abarrotó el lugar y se formaron largas filas sobre la calle 52. Cada uno de esos músicos tenía sus propios seguidores y eso fue determinante para el éxito, además del boca a boca y de una breve publicidad en la radio anunciando que el concierto se iba a filmar.

Unas semanas atrás, Larry Harlow había llamado a Masucci para contarle que había un director de cine interesado en grabar algo sobre la música latina en Nueva York. Masucci le respondió que por él, encantado, siempre y cuando contara con la Compañía. Y así fue que Harlow apareció un día en las oficinas de Fania para presentar a Leon Gast, un documentalista y fotógrafo de Jersey City al que se le había metido el gusanillo de la música mientras trabajaba para revistas de moda. Cuando Masucci le habló del Cheetah, Gast propuso rodar allí la noche del concierto y Mercado pensó en rentabilizarlo.

Jerry Masucci pensaba que el lugar ideal para que apareciera de nuevo la Fania y era el Fillmore East, un local de conciertos fundado tres años antes y que estaba muy de moda en el East Village, debido a que allí tocaban las bandas nuevas de rock. Masucci suponía que allí podía atraer a la comunidad angloparlante y potenciar el sello, pero resulta que unos días antes de cerrar el acuerdo, el dueño del Fillmore East, Bill Graham, decidió clausurarlo. Y ahí fue cuando se encontró con Mercado.

Lo que sucedió después es de sobra conocido. El éxito fue total aquella noche que pasó a la historia como el verdadero debut de la Fania All Stars, pues el concierto que ese grupo de músicos del sello había realizado en 1968 en el club Red Carter no tuvo ni por asomo la repercusión de este. Aún hoy los salseros recitan de memoria los nombres de quienes tocaron y cantaron aquella noche y, por supuesto, cada uno de los temas presentados por los maestros de ceremonias, Symphony Sid e Izzy Sanabria.




Fania Records publicó el concierto en dos álbumes reeditados incansablemente cada año, y el rodaje de Leon Gast se convirtió en el documental Our Latin Thing (Nuestra Cosa Latina), quinta esencia del impacto de la música caribeña en Nueva York y testimonio brillante de una cultura hasta entonces underground. Y esos dos aspectos acabaron por darle el marco social a una expresión musical que a la vuelta de dos años sería conocida como salsa, nombre nacido también en las oficinas de Fania.

Lo que se tocó aquella noche fue algo nuevo, fresco, intenso, agresivo, duro, con rabia, con alegría y al mismo tiempo con dolor. Fue el eco de una comunidad que recogía de aquella manera su nueva forma de sentir las sonoridades tradicionales. Aquello no sonó al mambo del Palladium, ni a las descargas del Village Gate, ni al boogaloo del Corso, ni al son del China Doll. Fue distinto, fue salsa nacida en una discoteca como cualquier otra por una casualidad.

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