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jueves, 2 de mayo de 2013

CON LOS POBRES ESTOY, DONDE QUIERA QUE VOY


Hay mucho de nobleza en un nombre que de un tirón y siempre suena a titán y a curandero, y en un hombre que apalabrando se regodeaba remendando penas. A tite curé. Curita pa’ las penas. Bálsamo, Agüita de ajonjolí para los pobres soy.

Catalino el catador, con las cinco vocales en el nombre y apellido. Ese es el Tite, el hombre que diseñó y replicó el armazón de la afrorriqueñidad sónica del Siglo XX.

Cheo Feliciano lo llama “el dueño y señor de la música” por tres décadas, de los 6os a los 90s. Rubén Blades lo considera “uno de los mejores compositores del Caribe, si no el mejor”. Pero esa justicia no es nueva. Que Catalino “Tite’ Curet Alonso era prodigioso no está en duda. ¿Cómo lo fue?, ese es el detalle. Astucia y deseo y dos mil canciones escritas, o algo así, y las voces conocidas  Cortijo, Ismael Rivera, La Lupe, Cheo Feliciano, que reverdecieron con él y lo condujeron a otros horizontes. Los que lo conocen de eso es de lo que hablan, de su verticalidad.

Un hombre vertical se define por su horizontalidad. Es el trayecto el que lo verticaliza. El reto de Sonó, sonó: Tite Curet , era reformular el recorrido de un hombre que fue tantas cosas y que vivió siempre con la añoranza de un cartero como el que también fue, de los que se sabían de memoria las rutas y sin teléfono móvil ni GPS recorrían barrios sin pudor ni miedo, sonriendo, qué mas, tomando café en la esquina y conquistando perros callejeros. En la horizontalidad de la ruta, tramaron recobrar al Tite que en guagua llegaba a Loíza y bailaba en la calle y hablaba con los vecinos y los vendedores de empanadillas, tomando en serio sus palabras, guardando sus voces en una grabadora, aquilatándolas luego en el balcón de reposo de un amigo artista, Samuel Lind. Y así los fragmentos de la rima y obra de Tite Curet Alonso se suceden en las voces de los cantantes, locutores, disqueros y académicos que se asoman a Tite curé también de un tirón adjetivando al periodista y escritor y cronista: “un negrito chévere… un alma de Dios”, como lo llama el locutor Rafy Torres. “Un genio… con olfato”.

Genio sería, mas no un genio acartonado. Tite no fue ni es del Olimpo. No se subió a nada y por eso nunca se cayó de pedestales. Daba los pasos que permiten rozar con las cosas con las que otros no rozan. En los sueños que venía domesticando a pie, componía al ciudadano de los lugares específicos de una patria. No venía a disolver ni a limpiar. Venía a mostrar el deleite de la revelación terrible o bellamente urgente.

 Como menciona Juan Otero Garabís, las composiciones de Tite serían música de pertenencia que “le viene a dar voz a esa imagen” del negro de los Clemente, Cepeda, Pellot que ya brillaban en el deporte y en la vida y en la imaginación tomando “el orgullo de la negritud, trasladándolo del cuerpo hacia la cara”. Y así es que brilla el betún amable de clara poesía. Y así es que en “Pa los caseríos” interpretada aquí por Fe Cortijo, Ismaelito Rivera y Juan Pablo Díaz hay intención de lucha: Que nadie los vuelva a mirar, óyelo bien, óyelo bien por encima del hombro.

Curet Alonso escribía para que otros lograran enfocar con mayor precisión. Desafiaba escribiendo en negro y blanco, cambiando el orden de los factores. Él era residente de su isla, conocía su composición, mientras otros compositores eran turistas en el trópico, que buscaban imágenes en vez de relaciones. Tite era nudo de relaciones, como lo muestran las entrevistas a Cheo Feliciano, Trina Medina y Rubén Blades. Y además, filtraba y comentaba sobre el jardín ficcionalizado y mentiroso de las tres razas unidas que se le impuso a la isla, le quitaba el insistido e inexistente barniz a la trilogía que equitativa nunca fue.

Tite vivió y narró la soterrada metástasis del país y lo que éste incubaba. Liberó energías arriesgándose. Al fin y al cabo, lo que sonó sonó y le cantaron en su entierro, como merecía. Aquí también había espacio para más canciones. Es que Tite es antisaciogénico: No hay Tite que pueda cansar, ni oído que se resista.Y aunque el populismo del Popular antes ha pecado de artificios y sentencias, el cuidado que se delata en Sonó sonó logra gestos de cariño de en un año de producciones y campañas de publicidad controvertibles y decisiones erradas. No hay cambios de letras ni mensajes forzados. Esta vez, hay más llaneza y más lleneza. Los especiales de Navidad anteriores se han insertado en la discusión pública, y no siempre han sido muy populares, pero éste es el más callejero, el más sudoroso y el más feliz de todos. Quizás también sea el más eterno. Tiene agüita de ajonjolí.



 

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